Me robaron en la calle. Corrí al “caco”. Llamé a la policía de Córdoba y… NO PASÓ NADA. Logré “encontrar” mi teléfono, pero no lo tengo. Si querés indignarte, seguí leyendo.

 

Como (casi) todos los días de mi vida, a las 16hs exactamente, suelo tomarme un pequeño recreo de mi agobiante trabajo (no, no trabajo en una oficina pero trabajo desde casa, lo que implica que prácticamente vivo con mi jefe. La pesadilla del ser humano promedio); y emerger de mi departamento hacia la panadería que está a dos cuadras de casa.

Hace ya unos años que vivo en el mismo lugar, en pleno centro de Córdoba y, aunque por la noche es común ver y oír cómo le roban a la gente (“hijo de puta, devolveme el celular!”), yo nunca había sido víctima de estos arrebatos. De hecho JAMÁS me robaron, ni siquiera en Buenos Aires.

Antes de entrar a casa, con mi bolsita repleta de hidratos de carbono, me detengo CINCO minutos en la plaza de en frente, sobre una parecita que da a la vereda a mandar un audio. En la mitad del monólogo, un sujeto similar a un humano en una bicicleta playera amarilla despintada, me arranca el aparato de la mano con dificultad (lo tenía bien agarrado), y sigue su camino en contra del tránsito. Y atrás de él, la víctima (yo) corriendo con los bizcochos en la mano.

huawei p9lite

Huawei P9 Lite, el teléfono robado. Esa mano gorda no es mía.

 

La maratón duró unas dos cuadras. Al flaco, que llevaba una casaca del Barcelona, casi lo pisa un camión mezclador, y a mi casi me da un infarto del disgusto y el ataque de asma por correr, agarrar las masas y gritar “el de la bicicleta amarilla me robó el celulaaar!”. Ese aullido fue el llamado definitivo para que otras personas en la vereda también corrieran al delincuente. Por supuesto en vano.

Una vez en la esquina de Cañada y San Juan (una de las más concurridas de Córdoba), pedí prestado un teléfono para llamar a la Policía que me preguntó “en qué barrio está usted?”… No hay que ser científico para saber que mis coordenadas eran las del centro.

policia inepta

Pequeña referencia: esto es el CENTRO de Córdoba.

 

Acto seguido me subo a un taxi a intentar dar con el ciclista del hampa (a sabiendas de que esto probablemente fuera también en vano) y 90 pesos más tarde, ni rastros de este ser. Vuelvo a casa, sudor mediante, y se me ocurre meterme en la plataforma de Administración de Dispositivos de Android. Si no tienen la app pre instalada, la bajan desde acá.

Dos clicks después tenía el domicilio del chorro.
Mi telefóno aparecía en la pantalla! El software lo había encontrado porque el punga (corto de genio) había prendido el equipo! Estaba ahí, tan lejos y tan cerca a la vez. En la pantalla de mi notebook, con el indicador de batería en 18% y la flechita que apuntaba a un pasaje horrendo en barrio San Vicente.

policia de cordoba

Acá, en esta cortada, estuvo mi teléfono toda la tarde.

 

Como toda mi adolescencia tuve que padecer a mi mamá viendo CSI Miami (porque le gustaba más que la de New York por David Caruso), algo aprendí y lo primero que pensé fue “una vez que la policía vea este plano van a poner un mega operativo en marcha para recuperar mi Huawei de cinco mil pesos!”. Sí… Así de imbécil llega a ser uno en situaciones límite.

CSI: MIAMI

“Vamos a encontrar tu teléfono, ciudadana que paga impuestos” Dijo nadie nunca.

 

No contenta con el grado de oligofrenia al que estaba llegando, llamo a la policía cuya operadora (una vez más) no logró comprender en qué barrio estaba yo y donde el equipo, y porqué yo sabía donde estaba el aparato, “y si era tan listo por qué se murió?”. Un rato después la sinápsis ocurrió y del otro lado del teléfono me dijeron :“espere en la vereda que le mandamos un móvil y la llevamos a buscar el teléfono, pero se va a tener que bajar usted porque no tenemos orden de allanamiento.”  La cana era un Uber derepente.

Bajé a la vereda igual, obviamente nadie vino.
Caminé una cuadra hacia donde había un móvil de la policía parado, un oficial dentro y dos al lado. Les conté la historia al comando mono-neuronal. Mostré la captura y me preguntan de nuevo: “qué bashio e’?” UPER EAST SIDE! No sé, que barrio es! “San Vicente, me dijeron”,  respondí. El tipo que manejaba la patrulla dice “Ya salgo para allá!” y sin mirar el teléfono (osea no tenía la dirección), salió  rumbo a la pizzería más cercana, seguro. 

 

 

Mientras tanto, mi teléfono seguía prendido en la casa del ladrón.

 

Esos policías de la calle que, aunque infradotados tenían buena predisposición y me mandaron a la Comisaría 1ª a erradicar la denuncia. Y ahí fui. En bicicleta y sin corpiño. Toda una aventura feminista y un desafío ginecológico: es increíble lo que puede sacurdirse un par de senos cuando agarrás un bache…

Llego a la comisaría.
Subo a fiscalía. Allí, un matrimonio proto-burgués-asalariado relataba todas las múltiples hipótesis de un robo que habían sufrido en su domicilio, como si se tratara de la muerte de Nisman.

Esta charla se extendió 40 minutos, mientras yo esperaba que me atendieran para hacer mi exposición. En el medio escuché a policías que se acercaban a “hacer una consulta” a estos abogados. Cito algunas:

P- Vos tendrás la declaración de TAL PERSONA en la causa de homicidio que traje ayer?
A- Oficial TANTO, eso es secreto de sumario…
P- Y los familiares del fallecido sabrán? Digo porque tengo que averiguar una cosa.
A- Es secreto de sumario.

P- Tengo acá unas acta de un hecho con arma de fuego.
A- Es urgente?
A- Sí, pero atienda a la señorita primero. (Se refería a mi).

P- Disculpe, tenemos en la patrulla dos femeninas que estaban grafitiando una pared.
A- Qué escribieron?
P- Maxi y Darío presentes y algo de Ni una menos.
A- Y qué pasa?
P- Las podemos apresar?
A-No, es una contravención, no es delito.
P- Pero no tienen DNI.
A- Déjenlas ir.

 

Todo esto, mientras yo seguía viendo desde un celular prestado, como mi teléfono seguía estando en el domicilio en San Vicente.

 

Una vez que me atendieron, con la captura, la explicación, el barrio etc., no sólo no me tomaron la denuncia, sino que me mandaron a otra comisaría, la 2ª. Fui, ya totalmente brotada en modo Aldo Ricco (“hay que matarlos a todos”), con una mínima esperanza de por lo menos tener la copia de mi denuncia. Sí, ya sabía y siempre supe que es IRRECUPERABLE un celular robado, pero no podía volver a mi casa sin quedarme tranquila de que traté de encontrarlo por todos los medios.

En la 2ª me tomaron la denuncia, no sin antes preguntarme: “¿Le viste la cara?¿Cómo era? ¿Qué edad tenía? ¿De qué marca/modelo era la bici? ¿Cuánto medía la persona? ¿Era menor?  ¿Tenés la altura exacta del domicilio?  ¿Cuál es el márgen de error de la geolocalización? ¿A qué hora EXACTA te arrojó ese resultado?  ¿EN QUÉ BARRIO FUE?  ¿EN QUÉ BARRIO ESTÁ EL TELÉFONO?”

“Interesante… Lo anotaré en mi máquina de escribir invisible.”

Contestadas todas estas preguntas claves (sí, claro), me dijeron que hecha la denuncia, se hacen una serie de operaciones: se abre un expediente o algo así, se manda a hacer un relevamiento a esa calle para ver quiénes viven ahí, si alguien conoce a otro alguien que cuadre con la descripción que di y, si esto sale bien, y el barrio no es peligroso para los oficiales, se libra un allanamiento. Pero en el 90% de los casos los equipos no se recuperan. OBVIO.

Cuando salgo de la oficina donde conté todo lo que había pasado, voy hacia un patio interno donde había dejado atada mi bicicleta: una Vairo azul eléctrico de hombre (porque era más barata que una de nena y de todas formas las bicicletas no tienen género), mountain bike.
Mientras la desato, un policía embelesado con el rodado me dice: “es suya?”… A lo que respondo en forma afirmativa. “Está linda, eh…”, contesta el uniformado.

El escuadrón de Moria, probablemente más eficiente que la Federal.

Nunca en mi vida tuve tantas certezas de que si pasaba un segundo más, mi bicicleta desaparecía de al comisaría, así como mi teléfono se escurrió de mis manos unas horas antes.

 

La moraleja de esto es…. Ninguna.
Mejor que nunca te pase nada porque nadie te ayuda.
Todo esto es lo que tuve que luchar por un teléfono que de hecho, hoy mismo voy a poder reponer y comprar otro. Y “menos mal” que no me pasó nada malo, ni me pegaron ni hubo violencia.

No puedo ni siquiera imaginar lo que debe ser tener un problema realmente SERIO, como la violencia de género, un secuestro o un robo calificado.
Siento pena por el que tiene que punguearme a mi para tener algo, por la policía que sí tiene vocación de servicio y por toda la gente que denuncia cosas graves y quedan en la nada.

 

Tengan cuidado.
Siempre.

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Sofia Delpueche

Locutora, periodista.
Soy Editora de este blog. Mirá mis videos en YouTube http://bit.ly/2ksJvOG
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