La actriz Inés Estévez se presentó en una velada de Jazz junto a su marido, se puso lo que mejor le quedaba y su revelador atuendo la hizo blanco de las críticas más rancias. Qué pasa con la obsesión del cuerpo y porqué nos afecta a todos? Enterate acá.

 

Inés Estévez, quizás una de las actrices contemporáneas más brillantes de la Argentina, asistió a una gala de Jazz junto a su marido, el talentoso bajista Javier Malosetti. Con la intención de ponerle voz a alguna melodía vespertina y en honor al tenor del evento, se tiró el placard encima con un vestido negro muy osado.  El diario La Nación lo levantó bajo su habitual columna “Desastre o acierto” haciendo hincapié en su edad y en que la abertura frontal de la discordia era demasiado pronunciada. A esto hay que sumarle los comentarios denigrantes de los lectores.

La Nota de La Nación y algunos de los comentarios más ofensivos.

La Nota de La Nación y algunos de los comentarios más ofensivos.

 

Agraviada, frustrada o simplemente molesta (no lo sabemos) Inés Estevez hizo su descargo vía Facebook: selfie en tetas y testamento sobre etereotipos y el acoso en las redes.

La selfie en su Facebook (ya no disponible por violar los términos de la red social). El descargo: ""Estimados lectores, ante vuestra inquietud acerca de mis glándulas mamarias, y respetando sus opiniones como espero que logren respetar mis elecciones, procedo a regalarles una imagen recién capturada; confiando en que el bullying que han ejercido contra esta servidora mermará o se incrementará en proporción directa a vuestra inteligencia, humor y sentido común. Les propongo lo siguiente: aceptar la armonía de cada singularidad; evitar la tiranía de la eterna juventud, vivir y dejar vivir, y que cada uno de los que ha escrito algo en contra de mi escote suba una foto de sus pectorales en mi página de Facebook. Allí, para sus ansias de crítica destructiva, verán una reciente fotografía de mis tetas, sin siliconas ni Photoshop. Orgullosa estoy de ellas".

La selfie en su Facebook (ya no disponible por violar los términos).

“Estimados lectores, ante vuestra inquietud acerca de mis glándulas mamarias, y respetando sus opiniones como espero que logren respetar mis elecciones, procedo a regalarles una imagen recién capturada; confiando en que el bullying que han ejercido contra esta servidora mermará o se incrementará en proporción directa a vuestra inteligencia, humor y sentido común.
Les propongo lo siguiente: aceptar la armonía de cada singularidad; evitar la tiranía de la eterna juventud, vivir y dejar vivir, y que cada uno de los que ha escrito algo en contra de mi escote suba una foto de sus pectorales en mi página de Facebook. Allí, para sus ansias de crítica destructiva, verán una reciente fotografía de mis tetas, sin siliconas ni Photoshop. Orgullosa estoy de ellas”.

 

Dicho esto es importante indagar en varias cuestiones que merodean por la web y que posiblemente sean el fiel reflejo del pensar de miles de personas. El amparo del anonimato muchas veces favorece que cada quien le de rienda suelta a sus prejuicios y, como vimos, para muestra basta un botón.

 

Soy tuya.

Seamos honestos, “minas” en bolas vamos a ver en todos lados. A la noche en algún programa de baile de dudoso valor estético, en la primera revista de moda y pasarelas europeas, o atrás de algún artista de la mímica cumbiera un sábado a la tarde. El problema es cuando esa desnudez, ese objeto que se contonea con hipnótica motricidad, no existe en favor de que salgas corriendo a comprar bidones de agua mineral. El problema es cuando la desnudez, el cuerpo, pertenece a esa mujer que lo porta.

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“La lucha que se da entre los sexos, es una lucha por el poder. El dominio del poderoso se ejerce de dos maneras: por coerción o por consenso” explica en su ensayo Mujer Objeto, Humbelina Iloyden. En ese trabajo la autora analiza la perspectiva lacaniana y cultural que divide el goce y los roles en femenino-masculino, subordinado-dominante respectivamente, y sobre esto sentencia “La femineidad, no parece ser en ultima instancia, sino cosa de hombres, son y han sido ellos los que han creado toda una mitologia a su alrededor (…) Los hombres han puesto sus propios miedos y temores, o bien sus deseos y necesidades. Ahi donde las palabras se detienen, se crea el mito.” En pocas palabras una breve explicación de porqué nos molestan las tetas de la feminista con pelo en las axilas en una marcha sobre la despenalización del aborto, y vanagloriamos las curvas sinuosas de una ignota que vende ropa interior desde su humanidad en un banner imponente sobre la autopista.

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Publicidad de Carl’s Jr, cadena de fast-food de Estados Unidos.

 

Las mujeres tenemos un rol asignado que es la femineidad, y los hombres el propio que es la masculinidad. Categorías de género castradoras y dañinas. Por eso el escote de Inés Estévez, su edad y la textura de su piel son escrutados rigurosamente, son un asunto público por ser ella (como todas) patrimonio social compartido, al alcance de todos. “Las mujeres son relegadas a su  posición porque cumplen una función social de gran importancia sobre la que es necesario ejercer un cierto control, la protección que reciben en el seno del matrimonio burgués tiene el precio de participar vicariamente en el espacio público, a través de sus maridos y sus hijos con la consiguiente renuncia a la propia individualidad”, expresa Melania Moscoso en Menos que mujeres: los discursos normativos del cuerpo a través del feminismo y la discapacidad. 

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Vendemos autos, dietas, lencería, maternidad. No sólo somos el anzuelo, sino que somos el producto en sí mismo. La mujer como símbolo, desde lo icónico, es un commodity, un bien y un servicio. Si bien “el hombre” ya no puede ser dueño legítimo de su mujer y sus hijos, ese rol se lo delegamos hace tiempo a los medios de difusión.

Pocas  veces o ninguna vamos a ver publicaciones dedicadas a analizar los cuerpos de los hombres, sus glúteos, sus arrugas, canas, sobre peso, o la turgencia de sus entrepiernas. Ese no es el lugar que les corresponde, porque no existen en pos del placer/la mirada de un “otro”. Del mismo modo los hombres tampoco van a tener permitido llorar en público, confesar que aman esa crema humectante con aroma a coco, o simplemente rechazar el fútbol como pasión primaria, por el mismo motivo.
Son las categorías de género las que nos asignan esos lugares, mutilan el sentir y limitan el estar. Son las que hacen que hayas dejado de jugar al handball porque te gritaban “machona” y las mismas que hacen que ni loco cuentes que te emprolijás el entrecejo con una pinza de depilar, por miedo al eco desmoralizador de la palabra “puto.” Esa palabrita de antaño que asigna al macho la temible y despreciable condición femenina en su sentir.

 

Pegame y decime arroba.

Tras los muros, sordo ruido, oir se deja de machistas y tipeo.
Son los miles de usuarios que, tras ese halo anónimo de internet, se hicieron un festín con el “desastre o acierto” del escote de Inés Estévez. Son ellos y en parte somos todos.
Los mismos que lloran a las chicas que mueren cada 30 horas, víctimas de violencia de género, los mismos que se indignan con la falta de acción de las instituciones a cargo de salvaguardar su integridad, son los que no aprueban que a los 50 se muestre la piel, la despenalización del aborto o simplemente que la vecina de allá a la vuelta haya decidido dejar de sumergir la cabeza en amoníaco para cubrir el paso del tiempo que evidencian sus canas.

Publicidad de cerveza Schneider, de la campaña 2013 levantada por denuncias.

Publicidad de cerveza Schneider, de la campaña 2013 levantada por denuncias.

Algo así es lo que Pierre Bourdieu define como violencia simbólica, entendida como aquella que es invisible o al menos poco palpable, ejercida desde el que domina (o el discurso dominante en todo caso) hacia el subordinado, quien sin percatarse de esto asimila y se transforma en cómplice e incluso reproductor de esta dominación. ” ‘Los sistemas simbólicos’ cumplen su función de instrumentos o de imposición de legitimación de la dominación que contribuyen a asegurar la dominación de una clase sobre otra (violencia simbólica) aportando el refuerzo de su propia fuerza a las relaciones de fuerza que las fundan”, dice el sociólogo en Sobre el Poder Simbólico.

Pierre Bourdieu.

Pierre Bourdieu.

En este caso, este comportamiento no quedó confinado a los laberintos de la psique de los lectores, sino que se traducen en el tecleo espástico y convulso de agresiones hacia el impertinente escote de Inés Estévez que tomó estado público. Porque su condicción de xy hace que sus tetas les pertenezcan.

 

 

Lo grave de todo esto (sí, “GRAVE”), es no lograr hilar, asociar estos fenómenos con cuestiones más evidentes.
No se trata solamente de la tetita de la famosa, se trata de cómo los medios asumen su rol dominante sobre las mujeres, cómo otras mujeres juzgan a sus pares y los hombres hacen lo mismo, con quien pudiera ser su madre/hermana/hija. Todos aquellos comportamientos aislados, el “cyberulling” a una “gorda de la tele”, el acoso callejero (mal llamado “piropo”) y la obsesión propia y ajena por el cuerpo de la mujer, no son temas aislados. Son parte de esa violencia simbólica que en su versión mas cruda y obscena, le dan licencia al macho de quitarle la vida a una hembra o despojarla de su integridad sexual al costado de alguna vía.

 

Lo que pensás y lo que sentís, compartilo en los comentarios.

 

 

 

 

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Sofia Delpueche

Locutora, periodista.
Soy Editora de este blog. Mirá mis videos en YouTube http://bit.ly/2ksJvOG
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Comentarios

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Una respuesta a “El escote de Inés Estévez,
feminismo y cyberbullying”

  1. […] una persona tipo “XY” de tu círculo personal, íntimo o profesional se define feminista o comenta que sería interesante que exista equidad de géneros, igualdad de oportunidades y que no […]

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