Detrás de los reclamos de familiares de víctimas en la marcha Ni una menos, se esconde una red intrincada de complicidades y violencia invisible. ¿Por qué sólo la muerte visualiza el problema? ¿Qué entramados se rompieron para permitir la ausencia de “las muertas”? Enterate de más acá.

 

 

 

Por segunda vez luego de la masiva convocatoria en redes sociales de 2015, se realizará una nueva manifestación #NiUnaMenos. La marcha se celebrará en distintos puntos del país y, como sucedió el año anterior, se extenderá a otros países de Latinoamérica.
Ni una menos, se centra y convoca desde lo extremo y lo frívolo, desde el morbo del asesinato y desde el hashtag en las redes. Pero todo lo anterior queda perdido en la nebulosa del inconsciente colectivo, de las significaciones sociales subterráneas que emergen detrás del piropo ingenuo, la galantería paleolítica y los textos de Pilar Sordo.

 

“Debiera ser desagradable verse peluda o con vellos largos.” Pilar Sordo sobre le femineidad.

¿Cómo llegamos mujeres y hombres por igual a tomar las calles para pedir que nos dejen de matar? ¿Cuáles fueron los eslabones que se perdieron en el trayecto? ¿cuáles fueron los sistemas de que se articularon (o no)  en forma fallida dando espacio a una nueva atrocidad?
Quizás la mejor respuesta se oculte detrás de lo que Bourdieu define como violencia simbólica: palabras al aire, miradas, gestos, conceptos, construcciones sociales incorporadas en todos y cada uno de nosotros, que día a día, como el agua a la piedra, socavan la integridad de la mujer como colectivo social frente a aquella “institución” que detenta el poder: el macho.

 

“’Los sistemas simbólicos’ cumplen su función de instrumentos (…) de legitimación de la dominación
que contribuyen a asegurar la dominación de una clase sobre otra.” Pierre Bourdieu sobre la violencia simbólica.

El feminismo (que no es hembrismo ni supremacía de la mujer), sostiene basándose en el concepto de lucha de clases de Karl Marx, que este modelo de amo-esclavo, dominante-subordinado, se replica en todos los recovecos de la sociedad, sobre todo entre hombres y mujeres. No se trata de un plan sistemático ni de la “animosidad” innata del hombre sobre la mujer, sino de una serie de conductas adquiridas (pautas culturales totalmente modificables) que ambos sexos, arrastran desde los albores de la humanidad. Casi siempre, justificadas desde la perspectiva racional-biologicista.

Aristóteles, uno de los padres de la cultura Occidental, sostenía que  la mujer estaba directamente sometida al hombre, pero gozaba de un estatus superior al de los esclavos: “El esclavo está absolutamente privado de voluntad; la mujer la tiene, pero subordinada”, puede leerse en La política. El filósofo estaba convencido de que los evidentes rasgos físicos y fisiológicos, diferenciaban al hombre de la mujer, y que lo mismo sucedía con las diferencias “mentales”. En Historia de los animales asegura que la mujer es “menos simple, más impulsiva (…) más compasiva (…) propensa a las lágrimas (…) más celosa, más quejosa, más apta para reprender y herir (…) más descarada y más mentirosa, más engañosa, con mejor memoria [y] (…) también más alerta, más apocada [y] más difícil de inducir a la acción.”

Desde el inicio de la historia, la mujer ha sido descripta como “complemento del hombre”.

La medicina históricamente ha contribuido a edificar las “maldiciones” que caen sobre las féminas.
Desde la antigüedad los cuerpos de las mujeres han sido definidos como deficientes, indisciplinados, inestables y enfermos. Según la autora Evely Fox Keller en su libro Reflections on Gender and Science, el cuerpo de la mujer ha sido objeto del estigma de la “debilidad”. Histeria, ninfomanía, fiebre uterina, depresión postparto, menopausia, entre otras “patologías” han servido para reafirmar la idea de la mujer como el sexo débil, el cual por dicho carácter, debe ser protegido.

 

Desde allí surgen las políticas sanitarias y judiciales, las cuales legislan el cuerpo de la mujer. El ejemplo más claro se ve en  la interrupción del embarazo. El aborto es motivo de controversia a lo largo y ancho del planeta, ya que aquí donde el rol de la mujer como individuo queda en evidencia: la mujer es por definición madre, concepción, vida, y luego sujeto. Primero está la vida del otro (el feto), más tarde la propia.


Simone De Beauvoir afirmaba explica en El segundo sexo, que “la hembra es la continuidad de la vida, lo que trata de realizarse a despecho de la separación, en tanto que la separación en fuerzas nuevas e individualizadas es suscitada por iniciativa del macho; a este le está permitido entonces afirmarse en su autonomía.”

En Argentina se calcula que cada año entre 460 y 600 mil mujeres recurren al aborto clandestino.

 

Lo mismo sucede desde la sexualidad. Virilidad, masculinidad, infidelidad y un deseo carnal exaltado, son algunas de las cosas que se esperan de los hombres. Al mismo tiempo que de la mujer se espera lo contrario. Frigidez sexual, falta de motivación y el culto a la virginidad, son algunas de las expectativas sociales que recaen sobre ellas. La psicóloga y autora de La Sexualidad De La Mexicana, Juana Armanda Alegría, asegura que en esta ecuación “la mujer es incapaz de jugar un rol activo, ni siquiera uno pasivo, ya que incluso eso conllevaría cierto grado de participación, aunque sea de forma receptora.” 

La construcción de la identidad masculina y femenina, entonces, se da por oposición.
En el mundo Occidental, el racionalismo y la lógica, han servido en el avance y afirmación del sistema de pensamiento binario. Claude Levi-Strauss  fue un ferviente defensor de esta concepción, creía que las organizaciones culturales obedecen a esta forma de estructurar el pensamiento que en la especie humana, se da por naturaleza.

El pensamiento binario, blanco-negro, es el que se traduce en la construcción de identidades de género. Lo femenino y lo masculino son regiones bien diferenciadas. Una investigación reciente de la Federación de Mujeres Progresistas de Madrid, ha logrado establecer los valores que se le asignan a cada sexo. De los hombres se espera independencia, estabilidad emocional, dinamismo, agresividad, lógica, racionalidad, valentía fuerza. En el caso de las mujeres, naturalmente es todo lo contrario, dependencia, inestabilidad emocional, pasividad, afectividad, intuición, emoción, miedo, debilidad.

Detrás de todos los supuestos de cómo debería ser un hombre, o cómo debería ser una mujer, se apoyan miles de años de dominación sexista que tiene su peor cara en el maltrato, el acoso, las violaciones y la muerte, pero que mientras tanto y antes de llegar a eso, también descansan sobre el discurso de la mayoría.

La violencia simbólica existe gracias a las conductas que hemos sabido mantener por siglos. Gracias a las ideas que han servido para justificar el rol de la mujer como sujeto pasivo e incompleto, que existe a través de un otro y desde su costilla.

El desafío está ahora en aprender a desentrañar y descubrir en el discurso y la vida diaria, todas aquellas trampas, todos esos espacios, en donde se materializan estas ideas. Comprender que el sexismo es injusto para todos, porque la mujer no tan solo ese “otro” ajeno y alejado, sino al igual que el hombre, parte fundamental de la estructura social.

Ni una menos es un grito, un aullido sordo al infinito. Gritarle a la nada cuando ya es demasiado tarde. Es un pedido de castigo y reconciliación masivo, a todos y nadie a la vez. Ni una menos es la encarnación viva del desamparo y la desconexión entre el pensamiento y la acción. El desconcierto de por qué pasa lo que pasa,

 

“¿Por qué nos matan?”.

Mujeres y padres sin hijos, hijos sin madres, ni hermanas, ni abuelas. El abandono como cara más cruel de la violencia real, palpable y  del machismo más recalcitrante. De vuelta, ¿Cómo llegamos hasta acá?

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Sofia Delpueche

Locutora, periodista.
Soy Editora de este blog. Mirá mis videos en YouTube http://bit.ly/2ksJvOG
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